El hombre de fuego
El hombre de fuego Agrupábanse en gruesos cuadros constituidos por insonandras, árboles de que se extrae hoy la gutapercha; por bombonax, con cuyas hojas se fabrican magnÃficos sombreros de paja que tienen poco que envidiar a los de Panamá; de laranjus, cuyas flores perfuman el aire, y perseas, árboles hermosÃsimos, de la talla de nuestros perales, que producen frutas del tamaño de limones, llenos de una pulpa verdosa que rodea al hueso y de sabor desagradable, parecida a la manteca, y que algunos comen condimentada con sal, azúcar y vino de Jerez.
HabÃa pocos pájaros en aquel bosque, que la espesura hacÃa muy húmedo y tenebroso; tanagros de plumas azules y vientre anaranjado, unos pocos cardenales de cabeza roja, y algún que otro papagayo de gran tamaño, que con toda la fuerza de su gaznate emitÃa sus molestos chillidos.
El marinero, que sabÃa orientarse sin necesidad de brújula, y que tenÃa piernas robustas, marchaba velozmente, sin desviarse nunca de su rumbo, sin titubear, poniendo a prueba las fuerzas de sus compañeros.
—¡Avancemos constantemente y sin detenernos, si queremos librarnos de los eimuros! —decÃa a cada momento—. ¡De esta manera he conseguido hasta ahora salvarme de sus garras!
—¡Nosotros no tenemos jarretes de acero! —le contestaba Alvaro—. ¡No hemos vivido quince años, como vos, entre los salvajes!