El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡No hay más remedio! —les decía el marinero—. ¡El que se quede rezagado, dése por muerto!

Hostigados por el miedo, seguían marchando por la inmensa selva, saliendo de un matorral y entrando en otro; con frecuencia, arrastrándose como reptiles cuando no lograban encontrar paso a través de aquel inmenso laberinto de árboles, arbustos, matorrales y bejucos.

Por la tarde, rendidos y hambrientos, se detuvieron en la orilla de un torrente.

—¡Basta! —dijo el marinero—. Hemos caminado como salvajes brasileños. ¡Descansemos aquí! También los eimuros duermen; de modo que nosotros podemos hacer lo mismo.

Comieron algunos plátanos por vía de cena, y después se echaron en el suelo bajo un árbol inmenso que extendía sus ramas en todas direcciones.

—Dormid vosotros —dijo el marinero, que era el que estaba menos cansado—. Yo haré el primer cuarto de guardia.


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