El hombre de fuego
El hombre de fuego Apretaron el paso, y al poco tiempo llegaban a la orilla de una vasta laguna de aguas obscuras, toda llena de plantas lacustres y pequeños islotes, que debÃan de ser bancos, cenagosos cubiertos de espesos hierbatales.
A muy larga distancia la selva se extendÃa por la orilla opuesta.
—¿Qué pensáis hacer ahora? —preguntó Alvaro al marinero, el cual observaba atentamente los islotes que sobresalÃan de la superficie del agua.
—Refugiarnos en una de esas islas y esperar a que se hayan alejado los eimuros —contestó DÃaz.
—¿Y cómo vamos a pasar? No veo ninguna barca.
—Una almadÃa se construye en poco tiempo. No es eso lo que me preocupa, sino que desconfÃo de la solidez de esos islotes. Temo que no tengan consistencia, y quisiera cerciorarme. Por lo pronto, construyamos una pequeña almadÃa capaz de sostenerme, y dejadme que vaya a explorar esa laguna. El sol está poniéndose los eimuros se habrán detenido y no podrán llegar aquà hasta mañana.
—¿Teméis que no haya ni un palmo de tierra firme? —preguntó Alvaro.
—Es un poco difÃcil descubrirla en las sabanas sumergidas. Sin embargo, hay ahà muchos islotes, y no desespero de encontrar alguno de ellos de suelo firme.