El hombre de fuego
El hombre de fuego Si tardase en volver, no os inquietéis por mÃ. Dormid tranquilos. Conozco las sabanas, y los jacarés no me dan miedo.
—Os daremos uno de nuestros arcabuces y municiones suficientes —dijo Alvaro.
—¡Bueno; acepto el ofrecimiento!
Aprovechando el cortÃsimo crepúsculo, cortaron unas cuantas ramas gruesas y un par de arbustos, y atándolos con bejucos, construyeron una pequeña almadÃa suficiente para sostener a un hombre.
Antes de embarcarse el marinero, que era verdaderamente incansable, proveyó de comestibles a sus compañeros, recogiendo en la selva varios racimos de pupurias, fruta del tamaño de un melocotón, y de muy buen gusto, y de aracas, parecidas a las ciruelas y algo más ácidas.
—Mientras descansáis, yo buscaré un asilo —dijo en el momento de embarcarse. La exploración será larga; pero ya os he advertido que no temáis por mÃ, aunque no vuelva en toda la noche.
Tomó el arcabuz del grumete, saltó en su ligera almadÃa, y poco a poco fue alejándose hasta desaparecer en las tinieblas.
—¡Es un buen hombre! —dijo Alvaro al perderle de vista—. ¡Nos deja aquà descansando, mientras va a arriesgar el pellejo para ponernos en salvo! ¡Qué resistencia tiene!