El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Dios quiera que acabe pronto! ¿Qué queréis? Al lado de ese hombre medio salvaje, que todo lo sabe y que todo lo adivina, me siento más seguro.

—Y yo, no menos que tú —contestó Alvaro—. ¡Ojalá no dure mucho su exploración y que encuentre pronto el islote que necesitamos!

—¿Le esperaremos despiertos?

—¡Al contrario! Aprovechemos su ausencia para dormir. Tú no debes de estar menos cansado que yo.

—¡Estoy cayéndome de sueño!

—Los eimuros no nos inquietarán, a lo menos por esta noche. Echate cerca de mí y duerme.

Alvaro iba a hacer lo mismo que aconsejaba al muchacho, cuando le llamaron la atención varios grandes volátiles que llegaron de la laguna y que empezaron a dar vueltas alrededor del árbol a cuyo pie se encontraban.

—¿Qué casta de bichos serán éstos? —se preguntó. Parecen murciélagos; pero nunca los he visto de tan gran tamaño.

Tenían, efectivamente, el aspecto de murciélagos; pero eran mucho más grandes que los europeos. Medían lo menos ochenta centímetros con las alas abiertas, y su cuerpo unos veinte.

Si el portugués hubiera conocido algo mejor el Brasil, se hubiera guardado de dormirse, a pesar de su cansancio.


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