El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Ignorando lo peligrosos que eran aquellos volátiles, no les hizo caso, y apoyándose en el tronco del árbol, cerró los ojos.

García roncaba a pierna suelta, señal evidente de que no se acordaba de los eimuros.

Alvaro luchó un rato con el sueño; pero, vencido por el cansancio, se quedó también dormido.

No habían pasado diez minutos, cuando uno de los grandes murciélagos que andaban alrededor del árbol descendió silenciosamente y empezó a revolotear sobre la cabeza de Alvaro.

No era un simple murciélago, sino un vampiro morugo de cabeza gruesa que terminaba en una especie de trompeta, y cubierta la piel de pelo liso y suave de color pardo.

Parecía buscar un buen sitio donde posarse.

De repente se apoyó dulcemente en un hombro del durmiente, agitando levemente las alas, y aplicó la extremidad del hocico detrás de la oreja derecha de Alvaro.

Chupaba suavemente, sin cesar de mover las alas para mantener un poco de frescura alrededor de la cabeza del pobre portugués, cuya sangre estaba bebiendo.

El repugnante volátil siguió algunos minutos en esa operación, aumentando su volumen a ojos vistas, hasta que, ya saciado, levantó el vuelo sin que Alvaro despertase.


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