El hombre de fuego
El hombre de fuego De una picadura apenas perceptible hecha por los agudísimos dientes del morugo corría poco a poco un hilito de sangre.
Mientras aquel vampiro se alejaba, otro se había acercado al grumete, y comenzaba a chuparle la sangre, cuando un leve ruido que procedía de la parte de la selva le obligó a interrumpir bruscamente su sangría.
Un grupo de hombres avanzaba como lobos abriéndose paso suavemente por entre las ramas y las lianas, sin que las hojas secas crujiesen bajo sus pies.
Asustado el morugo, alzó el vuelo y desapareció en dirección de la sabana sumergida.
El grupo, que constaba de hombres enteramente desnudos y con la piel cubierta de pintura, avanzaba hacia el árbol a cuyo pie, muy ajenos al grave peligro que los amenazaba, dormían los dos náufragos.
Un aullido, que más parecía salir de gargantas de lobos que de hombres, estallo entre aquellos salvajes.
Al fin habían encontrado la presa que con tanta tenacidad perseguían.
Ninguno de ellos levantó la maza contra los durmientes; antes se detuvieron mirándolos con cierto respeto.