El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Oh! ¡En una casa! ¿Quién la ha construido? Pero ¡dios mÃo!, tenéis sangre detrás de la oreja derecha, y todo el hombro manchado. ¿Quién os ha herido?
—¿También estoy yo manchado de sangre? ¡Pues tú también!
Llevóse una mano detrás de la oreja, y la sacó toda manchada de sangre.
—¿Quién nos ha puesto de esta manera? —se preguntó.
—¿Será que nos habrá picado algún animal? ¿Quizá hormigas como las que nos comimos fritas?
—No lo sé. El hecho es que me siento muy débil. El animal que sea debe de haberme hecho perder mucha sangre.
—Yo también me siento muy flojo, señor —dijo el grumete—. ¿Y DÃaz? ¿Quién nos ha traÃdo a esta cabaña? ¿Habrá sido él mientras dormÃamos?
Iba a contestar Alvaro, cuando llegó a sus oÃdos un griterÃo salvaje, espantoso.
Ya habÃa oÃdo gritos semejantes en la orilla del rÃo cuando los eimuros interrumpieron bruscamente su almuerzo.
Palideció, y sintió que su frente se bañaba en sudor cálido primero y después frÃo.