El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Estamos prisioneros! —exclamó con voz ahogada, mirando a García con espanto—. ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Estamos en manos de los eimuros!

En aquel momento se abrió la puerta de la cabaña y se presentó un indio armado de una enorme clava.

Aquel salvaje era un hombre de alta estatura, sin ningún vello en la cara, ni siquiera en las cejas; pero, en cambio, con cabellos larguísimos, negros, lacios y cerdosos.

Iba casi desnudo, llevaba el cuerpo pintado de rojo con rayas negras y azules alternadas, y en la cabeza y en las mejillas llevaba plumas de tucán, aplicadas con alguna materia pegajosa o con miel silvestre, y que le daban extraño aspecto.

En el labio inferior llevaba el barbote, formado por un pedazo de asperón verde, y en el cuello, cayéndole sobre el pecho, un collar formado por conchas blancas, distintivo de los jefes de tribu brasileños.

No bien hubo entrado en la cabaña se inclinó hasta casi tocar con el rostro en tierra, sacando la lengua y haciendo ademanes que, con toda evidencia, indicaban profundo respeto. Después se irguió, pronunciando con voz ronca algunas palabras totalmente incomprensibles, que más parecían sonidos salidos del pecho que modulados por la garganta.


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