El hombre de fuego
El hombre de fuego Alvaro, que aún no se había repuesto de su espanto, se quedó inmóvil, mirando con inquietud la pesada maza del salvaje, que le parecía sentir ya de un momento a otro sobre su pobre cráneo.
El eimuro, que debía de haber formulado alguna pregunta, viendo al portugués permanecer silencioso, se volvió hacia García, que se había refugiado en un rincón, y pronunció otras palabras, no más inteligibles que las primeras.
Viendo que el grumete no abría tampoco la boca, hizo un gesto de impaciencia, y acercándose a la puerta, lanzó un grito que más bien parecía el aullido de una fiera.
Un momento después entró un muchacho indio que no debía de tener más edad que el grumete, y se puso delante del cacique.
Era un lindo reyezuelo de cara despierta, ojos negrísimos e inteligentes, y que parecía pertenecer a otra raza.
En efecto, tenía la piel de color más claro que el cacique; el perfil, más fino; los cabellos, más undosos, y las facciones, más regulares.
El cacique le dirigió algunas palabras frunciendo varias veces el ceño y haciendo ademanes amenazadores, y acabó señalándole a Alvaro.
Con gran estupor, el portugués oyó que el muchachuelo se dirigía a él diciéndole: