El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Señor!
Alvaro y GarcÃa se miraron, preguntándose una vez más si soñaban o si estaban verdaderamente despiertos.
Un salvaje brasileño hablando el castellano, cuando los castellanos nunca habÃan puesto el pie en aquel inmundo territorio, era cosa sorprendente, increÃble.
—Señor —dijo el chicuelo—, el cacique de los eimuros os ha dirigido la palabra, y está airado porque no le habéis dado contestación.
—¿Quién te ha enseñado la lengua de los hombres blancos? —le preguntó Alvaro, que no habÃa salido aún de su sorpresa.
—El pyaie de mi tribu.
—¿DÃaz?
—SÃ, asà se llamaba mi amo —respondió el muchacho—. Recuerdo haberlo oÃdo decir muchas veces: ¡Ah, pobre DÃaz!
—¿Eres, pues, un tupinambá?
—SÃ, señor.
—¿Te han hecho prisionero los eimuros?
—Y están cebándome para comerme —dijo el muchacho sin dar la menor señal de miedo.
—¿Y nosotros? ¿Qué harán de nosotros?
—¡Tenéis suerte, señor! Por ahora, los eimuros no tienen intención de devoraros.
—¿Sabes por qué perseguÃan a tu amo?