El hombre de fuego
El hombre de fuego —SÃ, para hacerle pyaie. El de los eimuros ha muerto y tienen que poner otro en su lugar. Una tribu sin pyaie es como un hombre sin cabeza. ¿Habéis visto a mi amo?
—SÃ, ayer noche nos separamos de él.
Un ronco rugido del cacique le interrumpió.
El eimuro comenzaba a impacientarse con aquel largo coloquio, del que no entendÃa una palabra, y ya dirigÃa miradas amenazadoras al muchacho tupinambá.
Pronunció algunas palabras, dando al mismo tiempo fuertes golpes en el suelo con su pesadÃsima maza.
—El cacique desea saber si sois pyaies en vuestra tierra.
—Todos los hombres blancos lo son —contestó Alvaro.
—Os promete perdonaros la vida a condición de que seáis pyaies de su tribu. Si no queréis morir, aceptad la proposición.
—¡Nosotros hechiceros de los eimuros, de estos repugnantes salvajes! —exclamó Alvaro—. ¿Qué dices tú a eso, GarcÃa?
—Que es mejor hacer ese oficio de hechicero que ser asados en la parrilla, señor Alvaro —contestó el grumete—. Por lo pronto, iremos ganando tiempo. Si el marinero consigue escapar de la persecución, estad seguro de que no nos abandonará.