El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Tienes razón, GarcÃa! —dijo el señor Correa después de reflexionar un momento—. DÃaz no nos dejará en poder de estos antropófagos.
Y volviéndose entonces al muchacho, le dijo:
—Di al cacique que aceptamos.
Cuando el eimuro supo la decisión de sus prisioneros, se manifestó una alegrÃa loca en su rostro. Llamearon relámpagos en sus ojos.
Arrojó lejos de sà la clava y pronunció algunas palabras, volviéndose primero hacia Alvaro y después hacia el grumete.
—¿Qué dice? —preguntó el primero al joven tupinambá.
—Que vos seréis el pyaie grande y vuestro compañero el pyaie pequeño, y que con hechiceros tan poderosos, su tribu será invencible y no carecerá de carne humana.
—¡Canalla! —exclamó Alvaro.
El cacique inclinó el cuerpo hasta tocar la tierra con la punta de la lengua, y salió en seguida, acompañado por el joven tupinambá.
—¿Qué tal, GarcÃa? —dijo Alvaro cuando estuvieron solos—. ¿Te sientes en disposición de desempeñar el oficio de brujo?