El hombre de fuego
El hombre de fuego —No sé lo que exigirán de nosotros estos salvajes; pero por ahora nos hemos librado de las parrillas, que es lo más importante. Os confieso que no podrÃa resignarme a tener por sepultura el vientre de un salvaje de ésos.
—¡Ni yo tampoco, muchacho!
—¿Nos dejarán en esta cabaña, o nos trasladarán a otra mejor?
—No sé nada. Las costumbres de estos salvajes son poco conocidas. El mismo DÃaz, que conoce muchÃsimas tribus, sabe muy poco de ellos.
—Me figuro que…
La frase fue interrumpida por la repentina vuelta del muchacho indio. Pero no iba solo; acompañábanle cuatro salvajes de aspecto horrible, con la piel toda cubierta de chafarrinones de colores y plumas de papagayos, y que llevaban dos cestas voluminosas.
—¿Qué quiere esta gente? —preguntó Alvaro.
—Os traen los trajes y ornamentos del difunto pyaie. Estaba muy bien provisto ese hechicero, y tenÃa mucha fama.
Tendréis que asistir a sus funerales, en los cuales una parte de su espÃritu se transmitirá al vuestro.
—¡Cómo! Me han dicho que murió hace ocho dÃas.
—Es que no podÃan descamarle antes de haberle encontrado sucesor.