El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Es valeroso ese joven! —dijo Alvaro al muchacho indio, que le había traducido las contestaciones del prisionero.

—Es un hombre intrépido, hijo de un gran guerrero.

—¡Lástima que no podamos hacer nada por salvarle!

—Los eimuros se pondrían furiosos si hicieseis tal cosa. ¡Dejadlos que hagan lo que quieran!

Dos salvajes amarraron al prisionero por las piernas, dejándole libres los brazos.

El tupy empezó entonces a mover los brazos como un desesperado, desafiándolos a todos, porque se concedía a los prisioneros el derecho de defenderse.

Al ver acercarse a los guerreros del cacique echó mano de cuantas piedras tenía a su alcance, y las lanzó contra sus enemigos. Rugía como una fiera, y aunque tenía amarradas las piernas, saltaba con la agilidad de un tigre.

Sin embargo, el círculo iba estrechándose a su alrededor, y el cacique ya había levantado la maza. Durante algunos momentos hizo frente a sus adversarios con los puños; después resonó un golpe seco.

La liwara-pemme del cacique le había destrozado el cráneo, haciéndole caer al suelo como herido por el rayo.


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