El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Vámonos! —dijo Alvaro, asqueado, mientras los eimuros se arrojaban rugiendo como fieras sobre el cadáver caliente del tupy—. ¡Estas escenas son repugnantes!
Y tomando por la mano al grumete, le llevó hacia la cabaña, mientras los eimuros tostaban en las parrillas al desgraciado guerrero.