El hombre de fuego
El hombre de fuego —Que hagáis los conjuros necesarios para que el reptil se vuelva a la sabana de donde ha salido o que lo matéis en seguida.
—Es cosa muy fácil de hacer —respondió Alvaro—; pero el caso es que nos faltan nuestros amuletos.
—¿Cuáles? —preguntó el muchacho después de haber cruzado algunas palabras con el cacique.
—Cuando nos apresaron tenÃamos amuletos poderosos que los eimuros no nos han devuelto. Si nos los entregan, mataremos a esa terrible serpiente que amenaza destruir a toda la tribu.
—Los tendréis —contestó el muchacho—; el cacique los ha guardado y os los devolverá.
—¿Cuándo tenemos que ir a matar a la serpiente?
—Esta noche, porque no sale de dÃa.
Di al cacique que los pyaies están dispuestos, y que la serpiente no devorará más hombres de su tribu.
Visiblemente satisfecho por aquella respuesta, el eimuro se retiró junto con el muchacho, haciendo un saludo todavÃa más profundo que a su llegada.