El hombre de fuego
El hombre de fuego Ya estaban hartos del oficio de hechiceros, que no se acomodaba a su carácter.
Estaban en el séptimo dÃa, no menos entretenidos que los anteriores, cuando hallándose el sol hacia la mitad de su carrera, de pronto vieron entrar al cacique acompañado por el muchacho que les servÃa de intérprete.
—¡Alguna novedad ocurre! —dijo Alvaro—. Desde la muerte del tupy es la primera vez que el cacique se digna visitarnos.
El cacique parecÃa angustiado y de mal humor. Sin embargo, saludó a los hechiceros, doblando el cuerpo hasta tocar con la cabeza en el suelo, y lamiendo la tierra con la punta de la lengua. En seguida hizo señas al muchacho para que hablase.
—¿Qué quiere el cacique? —preguntó Alvaro.
—Se queja de que los dos pyaies no protegen a la tribu como debieran —respondió el muchacho—. Me dice que os advierta que os comerá si no matáis a esa terrible serpiente.
—¡Diablo! —exclamó Alvaro algo alarmado—. ¿Será que le tienta la carne blanca? ¡Ya no me tengo por muy seguro, a pesar de la respetabilidad de mi cargo! ¿De qué se trata, pues?
—De una terrible serpiente que ha devorado a cinco guerreros de la tribu —le contestó el muchacho.
—¿Y qué quiere de nosotros?