El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Era un laberinto de palmeras de todas clases, de enormes jatolas, de summameiras colosales, de bombonasas, de masarandubas, etc., que crecían unas junto a otras envueltas en infinidad de bejucos que serpenteaban en todas direcciones.

Sin la ayuda de algunos indios, un hombre blanco no habría podido internarse mucho en aquellas espesuras.

Los guerreros del cacique habían puesto manos a la obra de abrir camino a los dos pyaies, que no estaban habituados a andar como los reptiles.

Manejando con vigor y destreza sus pesadas mazas de palo de hierro, derribaban ramas y arbustos y cortaba los bejucos, haciéndolos caer en festones interminables, que después separaban a uno y a otro lado del camino.

—¡La serpiente ha buscado un buen refugio! —dijo Alvaro al muchacho indio, que marchaba delante de él—. ¿Estáis seguros de que se halla aquí?

—Ayer mismo la han visto, señor —respondió el intérprete.

—¿Es muy grande?

—Tiene el grueso de vuestro cuerpo.

—¿Y de largo?

—Doble que un sucuriú, y es extremadamente voraz. Ya se ha comido a seis indios.

—¿Qué clase de animal es?

—Una liboia, señor.

—¿Tiene alguna guarida en esta selva?


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