El hombre de fuego
El hombre de fuego —Siempre está en los árboles; asà es que, cuando hayamos llegado más adelante, os aconsejo que miréis hacia arriba. Tiene por costumbre enroscarse en alguna gruesa rama y dejarse caer repentinamente sobre la presa.
—¡Estaré sobre aviso! —dijo Alvaro—. Y tú, GarcÃa, no te apartes de mÃ, porque estoy convencido de que en el momento del peligro todos estos valientes huirán como liebres.
—¿Y nosotros nos aprovecharemos de la ocasión, señor Alvaro?
—Para huir hacia el lado contrario —respondió el portugués—. ¡No dejaremos perder tan buena ocasión!
En aquel instante el cacique, que iba detrás de cuatro de los suyos encargados de abrir paso, hizo un signo con la mano levantada.
—¿Qué es eso? —preguntó Alvaro al joven indio.
—El cacique nos advierte que hemos llegado al lugar donde ha sido visto el reptil, y nos aconseja que miremos atentamente a los árboles.
—Tengo buena vista, y es difÃcil que me pase inadvertida una serpiente de ese tamaño.
—No siempre se la distingue bien, señor, porque, como llana el dorso de color verde oscuro, fácilmente puede confundÃrsela con una rama.