El hombre de fuego
El hombre de fuego —Diles que vayan delante de mà —dijo Alvaro al joven Indio—, y que vuelvan si no se sienten con ánimo para llevarme hasta el lugar donde la liboia se oculta. No hemos venido aquà para mirar a los árboles. ¿No poseo yo el fuego celeste y no soy caramura? Los pyaies de la piel blanca han prometido matar al reptil, y sostienen su palabra. Por lo demás, ¿qué temen?
Cuando el muchacho indio hubo traducido esas palabras al cacique, éste hizo una señal, y sus hombres se pusieron en marcha con las mazas en alto y las cerbatanas dispuestas.
Avanzaban con extremada lentitud, mirando tan pronto hada arriba como al suelo y moviendo con grandes precauciones las ramas y los bejucos, como si el reptil estuviera para presentarse de un momento a otro.
—¿Habrán husmeado algo estos salvajes? —se preguntó Alvaro—. Si andan en cuatro patas como los animales, bien puede ser que tengan el olfato de los perros. ¡Estemos prontos para aprovecharnos de su espanto, GarcÃa!
—¡Señor! —respondió el grumete.
—¿Tienes miedo?
—En vuestra compañÃa, no, señor Alvaro.
—Parece que el reptil está cerca. Permanece cerca de mi, y prepárate a huir si…