El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Qué pasa? —preguntó Alvaro al chicuelo—. ¿Es el grito de la serpiente?
—No, señor; es el anhima.
—¿Un animal?
—Un pájaro que siempre se halla cerca de los sitios habitados por las serpientes, pues se nutre de su carne. Ese pájaro debe de haber visto a la liboia; pero no se atreverá a atacarla. Es demasiado pequeño para combatir con ella y llevarÃa la peor parte. Una liboia no es como un ibiboca.
—¿Tan valiente es ese pájaro que se atreve con las serpientes?
—Está bien armado, señor, y es valiente. Vedle allá arriba entre las hojas de aquella paiva.
Alvaro alzó los ojos, y vio sobre una hoja un lindo pájaro tamaño como una avutarda, con un agudo cuerno en la cabeza y dos especies de ganchos en los extremos de las alas.
BatÃa las alas y gritaba con toda su fuerza, como si quisiera llamar la atención de los indios y enseñarles el lugar donde se habÃa escondido el formidable reptil.
—Si está cerca, vamos a buscarla —dijo Alvaro—. ¡Tengo curiosidad por ver esa serpiente!
Sin embargo, los indios parecÃan poco dispuestos a avanzar, y miraban a sus pyaies con visible inquietud.