El hombre de fuego
El hombre de fuego Silbaba rabiosamente, moviendo sin tregua la lengua bífida, y arrojaba un chorro de baba de su ancha boca, provista de dos filas de agudos dientes. Sacudía la cola con violencia, rompiendo sarmientos y arbustos para impedir que alguien se acercase y tratara de arrebatarle su presa.
Alvaro le apuntaba a la cabeza, que se agitaba a veinte pies del suelo.
—¡Toma! —exclamó, disparando.
Cegado por el humo, el reptil se replegó sobre sí mismo, aflojando sus anillos y soltando al indio, que cayó sin dar señales de vida. Después comenzó a hacer furiosos y convulsivos movimientos.
La bala le había roto la cabeza; pero, a lo que parecía, no había sido bastante aquella herida para matarla.
—¡Huid, señor Alvaro! —dijo el grumete, que se había puesto pálido como un difunto—. ¡La serpiente va a embestirnos, y el cacique está muerto!
El portugués había dado ya tres o cuatro saltos para evitar los coletazos que el monstruo sacudía de continuo, destrozando las armas y los arbustos y levantando un montón de hojas y de fragmentos de ramas.
Miró en torno suyo y vio que todos habían huido, hasta el muchacho que le servía de intérprete.