El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Bah! —dijo—. ¡Si el cacique no ha muerto, que se las componga como pueda! ¡Vámonos antes de que vuelvan los indios! ¡Corramos, García y haz por resistir cuanto puedas!

Sin preocuparse más del reptil, que seguía agitándose sin cesar, los dos náufragos siguieron adelante, corriendo ambos como liebres.

Por lo demás, la selva favorecía su fuga. No era ya tan espesa e intrincada como lo que hasta entonces habían recorrido.

Acá y allá quedaban entre los árboles espacios suficientes para permitir el paso de un hombre.

Además, el sol estaba próximo a ponerse, y la selva se oscurecía cada vez más, de modo que, por el momento al menos, no era de temer una persecución, dado el espanto que había invadido a los guerreros a consecuencia de Is muerte del cacique.

Sin embargo, los fugitivos no querían alejarse demasiado para no extraviarse en aquella selva inmensa por la cual nunca habían andado; así, después de recorrer unas cuantas millas, se detuvieron al pie de uno de aquellos arboles colosales que tan frecuentemente se encuentran en las selvas brasileñas. Tenía no menos de ochenta metros de alto, y sus raíces, que sobresalían de la tierra, formaban como una especie de trípode que sostenía el enorme tronco y que podía servir de armazón o esqueleto de una cabaña.


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