El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡No sigamos más allá! —dijo Alvaro con voz anhelosa—. Esta impenetrable bóveda de verdor que nos oculta las estrellas no nos deja orientarnos. Necesitamos marchar hacia poniente para llegar a la sabana sumergida. Nuestra salvación depende de DÃaz, de modo que nos es preciso encontrarle:
—¿Vivirá?
—No lo dudo, GarcÃa —contestó Alvaro—. Tiene tu arcabuz y municiones abundantes, y con tal arma se puede hasta con las fieras.
—¿No nos habrá abandonado?
—¡No, es imposible; nunca lo creerÃa!
—¿Sabrá que los eimuros nos han sorprendido y apresado?
—Estoy persuadido de que lo sabe. DÃaz nada tiene que envidiar a los salvajes, y hasta creo que sabe más que ellos. ApostarÃa a que está buscándonos o estudiando el modo de libertarnos.
—¿Y no nos perseguirán los eimuros? —preguntó el grumete, que no participaba del optimismo de su compañero.
—Probablemente nos creerán muertos como a su cacique.
—Decidme, señor Alvaro: ¿estaba verdaderamente muerto el cacique? Me parece que respiraba todavÃa.
—Iremos a cerciorarnos.