El hombre de fuego
El hombre de fuego DespuĂ©s de un cuarto de hora de marcha vieron algunas plantas grandes, como las que habĂa cerca del lugar donde se habĂa desarrollado el drama de la liboia.
—Si no me engaño, ya debemos de estar cerca —dijo Alvaro.
—Cierto es, señor —respondiĂł GarcĂa—. AquĂ tenĂ©is un árbol cargado de calabazas, en el cual me fijĂ© mucho.
—SĂ, es una cueira, que con ese nombre se lo he oĂdo designar al marinero. Hemos llegado, GarcĂa. Adelantemos con cautela, porque los eimuros pueden haber vuelto.
—Nada oigo, señor.
Fueron avanzando, con el oĂdo muy atento y mirando alrededor suyo por temor a una sorpresa, y llegaron a la sombra del bosque donde habĂa ocurrido la escena de la serpiente. La luna, ya alta, iluminaba bastante aquel paraje.
De repente, extendido sobre un montĂłn de ramas quebrantadas y arrancadas de cuajo, distinguieron un enorme reptil.
Estaba completamente inmĂłvil, y extendido a la larga parecĂa un voluminoso cilindro.
—Está muerto —dijo Alvaro, acercándose con precaución—, la bala debió de atravesarle la cabeza.
—Le falta, señor —dijo GarcĂa—. Se la han cortado con algĂşn hacha de piedra.