El hombre de fuego
El hombre de fuego Ciega de dolor y de cólera, revolvióse contra su agresor rugiendo horriblemente y replegándose para acometerle.
—¡Disparad pronto, que os va despedazar! —exclamó el hombre que yacía en el suelo.
La fiera iba ya a arremeter; pero Alvaro, que no perdía la cabeza, se refugió detrás de un árbol para no ser derribado por el encontronazo, y dando la vuelta al arcabuz se lo echó a la cara y disparó.
El animal, que iba a lanzarse adelante, dio un salto en el aire, girando dos o tres veces sobre sí mismo, y cayó maullando y rugiendo espantosamente.
En aquel instante sonó otro disparo.
El hombre que yacía en tierra había hecho fuego a quemarropa contra la fiera, y le había destrozado el hocico.
—¡Díaz! —gritó Alvaro, precipitándose sobre el marinero, que había soltado el arcabuz.
—¡Señor Correa! —contestó el caballero con voz conmovida—. ¿Vos aquí en este momento tan oportuno? ¿Y García?
—¿Estáis herido?
—Me parece que tengo una pierna rota. Era un jaguar negro, una de las fieras más terribles de las selvas brasileñas, y me había embestido por la espalda. ¡Gracias! ¡Os debo la vida! ¡Ay, qué dolor! ¡Me ha destrozado medio muslo, estoy seguro!