El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Ah! ¡Pobre señor Díaz! —exclamó García, que se había acercado—. ¡En qué estado os encontramos!

—¡Son cosas de la vida! —respondió el marinero de Solís, haciendo un esfuerzo para sonreír—. ¡Diablo! ¡No puedo levantarme!

—Esperad que os traslade a la clara, mejor iluminada que esta espesura —dijo Alvaro—. Veremos vuestra herida y trataremos de curarla. Quizá no sea muy grave.

Cercioróse primero de que la fiera estaba bien muerta, y después levantó en sus brazos al marinero, que no pesaba mucho; le sacó de la maleza y en muy poco tiempo le llevó a la clara, donde la luna, que caía de lleno, permitía ver como si fuese de día.

Lo colocó en un lecho de hojas ya preparado por el grumete y se inclinó sobre él para examinarle.

Un gesto harto significativo se dibujó en sus labios.

—¡Diantre! —dijo a media voz—. ¡Qué zarpazo!

La herida del marinero era horrible. Las garras de la fiera le habían abierto un profundo surco en el muslo derecho, arrancando un gran pedazo de carne y dejando el hueso casi al descubierto.


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