El hombre de fuego

El hombre de fuego

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A veinte metros de allí, casi en el lindero de la selva, se elevaba un árbol inmenso de hojas anchísimas y ramas cubiertas por multitud de plantas parásitas, que a duras penas podía sostener frutas de forma redonda y color verde pálido, grandes como melones.

—Acercad primero la piragua a la orilla, señor —dijo el marinero—, y después os ocuparéis en vaciarla. ¡Pero daos prisa!

Uniendo sus fuerzas, Alvaro y el grumete sacaron la piragua de entre las hojas, y como flotase, a pesar de estar llena de agua, por hallarse construida con un enorme tronco vaciado, no les fue difícil arrastrarla hasta un banco de arena.

—¡Tomad un par de esas frutas y partidlas por medio! —dijo Díaz.

El grumete había trepado al árbol agarrándose a las plantas parásitas que envolvían el tronco grueso y bajo de la güira, y echó al suelo media docena de aquellas frutas.

Alvaro clavó en una de ellas la punta de su cuchillo creyendo partirla por la mitad; pero la fruta se abrió en todas direcciones.

El mismo resultado obtuvo en un segundo ensayo.


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