El hombre de fuego
El hombre de fuego Era un hermoso ejemplar, de cuerpo esbelto, pero amarilliento, manchado de rojo y blanco, cabeza bastante pequeña, y algo mayor que un gato común, pues tendrÃa como medio metro de largo.
—Es un bermejo —dijo el marinero—, y también parece asustadÃsimo.
—¡Sólo cinco minutos y estará lista la almadÃa!
En aquel momento lanzó el grumete un grito de alegrÃa que les hizo levantar la cabeza.
—¡Tunantes! —exclamó el muchacho—. ¡Y aún no la habÃamos visto! ¡Hay aquà una canoa hundida en el agua, oculta entre las plantas acuáticas y amarrada al bambú que iba a cortar!
Alvaro en cuatro saltos se puso en la orilla.
Entre las inmensas hojas de las victorias, que la ocultaban casi completamente, habÃa una hermosa chalupa sumergida hasta el borde superior y amarrada con un fuerza la bejuco.
—¡Acércala, GarcÃa, que con dos hojas de plátano sacaremos el agua y la pondremos a flote!
—Y todavÃa mejor con un güira —dijo el marinero—. Ahà tenéis un árbol que os servirá para fabricar cubos.