El hombre de fuego
El hombre de fuego Al ver a aquellos tres hombres se detuvo un momento mirándoles con viva curiosidad, y después siguió su carrera, saltando como si tuviera resortes en las patas.
—¡No es nada bonito! —dijo Alvaro—. Nuestros lobos de Europa son más graciosos.
—¡Daos prisa, señor Correa! —dijo DÃaz—. ¡Si ese guara no se ha atrevido a volverse a la selva es indicio de que hay bajo los árboles algún vecino peligroso!
—¿No nos dejarán en paz los eimuros? ¡Ya me voy cansando de esos antropófagos! ¡Es hora de acabar!
—Acordaos de que no puedo ayudaros, sino que más bien os sirvo de estorbo.
—¡Si no os hubiese herido aquel animalucho, demostrarÃa a esa canalla que soy verdaderamente el hombre de fuego!
—¡SÃ, caramura! —dijo el marinero sonriendo—. ¡Un nombre terrible, señor, que os hará ser respetado por todas las tribus brasileñas! ¡Ved otro animal que huye, y también nocturno! ¡Mala señal!
—¡Oh! ¡Qué hermoso gato! —exclamó Alvaro.
Otro animal salió de la selva, huyendo rápidamente.