El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Manteneos siempre cubiertos por esa tierra! —dijo el marinero—. ¡Nos interesa mucho que los cahetos no vean dónde nos detenemos!
—¿Está todavía lejos el islote que habéis descubierto?
—Llegaremos a él en pocas horas.
—Por lo visto, esta laguna es muy grande.
—Inmensa, señor; no he logrado ver la orilla opuesta.
—¡Ánimo, pues, García! —dijo Alvaro—. ¡Después descansaremos a gusto!
A unos islotes sucedían otros, todos cubiertos de cañaverales y plantas acuáticas; pero en realidad eran bancos de fango que apenas sobresalían de la superficie del agua, y en los cuales ningún hombre hubiera podido poner el pie sin peligro de desaparecer para siempre.
Eran bancos traidores formados por suelo movedizo y sin fondo, pronto a tragarse al imprudente o ignorante que se atreviese a hollarlo.
Nubes de aves acuáticas se levantaban de los cañaverales al acercarse la piragua, y huían dando graznidos. Eran tanagros de plumaje azul y vientre de color naranja, gallinetas de color azul turquí, maripríetas, graciosos pajarillos negros de cabeza blanca, y también hermosísimas ciganas, faisanes de los pantanos y de los ríos.