El hombre de fuego
El hombre de fuego Más de una hora continuaron remando los fugitivos, a pesar del intenso calor que reinaba en la inmensa laguna, y pasando por entre multitud de bancos y de plantas acuáticas, hasta que llegaron a una isla cubierta de árboles hermosÃsimos y variados que sólo podÃan crecer en suelo firme.
—¡Hemos llegado! —anunció el marinero.
—¡Ya nos Ãbamos cansando! —respondió Alvaro, que tenÃa la ropa empapada en sudor.
—¡Tampoco yo podÃa más! —dijo el grumete.
Atracaron la canoa a la orilla, y después de amarrarla a un árbol desembarcaron, conduciendo al herido.