El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Alvaro, que comprendía que aunque tuvieran ollas faltaba qué cocer en ellas, salió con el arcabuz en busca de algún ara o de alguno de aquellos tatuejos que el marinero decía haber visto, aunque no supiera qué clase de animales fuesen, pues nunca los había oído mentar hasta entonces.

—Supongo que tendrán cuatro patas y pelos —había dicho Alvaro al esconderse entre la maleza—. Dispararé contra lo primero que se me presente. Ese pobre Díaz, después de perder tanta sangre, necesita un buen caldo para recobrar fuerzas.

La isla, que parecía tener algunas millas de perímetro, estaba toda cubierta de árboles y matorrales espesísimos, entre los cuales revoloteaban millares de los microscópicos pájaros llamados colibríes, de plumas doradas, azules, verdes y negras, y de Trenchlius minimus, los pájaros más pequeños que se conocen, pues no son mayores que tábanos.






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