El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Aquel pequeño bosque no estaba formado sólo por caobos. Varios otros árboles que podían proporcionar frutas exquisitas crecían en grupos acá y allá, y tampoco faltaban palmas ni bejucos. Había soberbios acalabas cargados de aquellas peras exquisitas que ya había probado Alvaro, y cuyo tronco estaba cubierto de gruesas lágrimas de goma olorosa; manzambas, árboles que pueden suplir a la vid, pues de sus frutos se extrae una especie de vino de muy buen sabor; maraningas, que dan un fruto bastante apreciado lleno de semillas rodeadas por una sustancia gelatinosa, y muchos otros que Alvaro no había visto nunca.

—No nos faltarán frutas —dijo el portugués—. De lo que parece que vamos a escasear es de caza, pues hasta ahora sólo he visto pájaros tan pequeños, que se necesitarían por lo menos doscientos para hacer una modestísima fritura apenas suficiente para una sola persona.

Entretenido en ese monólogo llegó casi hasta el centro de la isla, cuando vio salir huyendo delante de él unos extraños animales que hasta cierto punto podían confundirse con tortugas, por estar envueltos en una verdadera coraza ósea formada por gran número de placas.

—¿Serán tatuejos? —se preguntó—. Pero ¡séanlo o no lo sean, no se me escaparán!


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