El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Los animales comenzaron a cavar rápidamente, con evidente intención de abrir una galería subterránea. Trabajaban con tal velocidad, que cuando Alvaro, con la culata del arcabuz levantada, llegó a donde estaban excavando ya habían desaparecido casi todos ellos.

Con un par de culatazos bien dados consiguió matar dos, los últimos, que no habían tenido tiempo para abrir cuevas en que esconderse.

—¡Qué curiosos animales! —exclamó recogiéndolos—. ¡Nunca los he visto semejantes! ¿Se comerán?

Los tatuejos, pues efectivamente eran tales animales, son, en realidad, roedores singularísimos, tanto por sus hábitos como por su estructura. Ordinariamente no son mayores que conejos, y tienen encerrado el cuerpo en una envoltura ósea, formada por placas transversales en dirección de los costados y de la cabeza, la cual está defendida por una especie de visera escamosa y dura que les da un aspecto curiosísimo y extraño.

Al igual que los topos, suelen esconderse debajo de tierra, la cual excavan tan rápidamente con sus fuertes garras, que en un momento desaparecen de la vista del cazador. Tratar de perseguirlos en sus cuevas sería trabajo inútil, pues en pocos minutos abren galerías interminables.

—¡Volvamos! —se dijo Alvaro.


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