El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Arrancó una rama de un árbol, sujetó los tatuejos en el extremo de ella, y se dirigió hacia el campamento, contentísimo de poder proporcionar un poco de caldo al pobre marinero.

Al llegar vio al grumete junto al fuego, vigilando la cochura de las vasijas informes, colocadas entre las ascuas.

—¡Las ollas! —exclamó alegremente.

—No merecen ese nombre, señor —contestó el grumete—. Más parecen cazuelas que ollas.

—Servirán lo mismo para el caso —dijo el marinero, que estaba echado a la sombra de un plátano—. ¡Ah, señor Correa! ¡Habéis hecho una buena caza! Ya os dije que había visto tatuejos en esta isla.

—¡Ah! ¿De modo que estos bichos son vuestros tatuejos? ¿Sirven para hacer un buen estofado?

—Su carne es tan buena como la de las tortugas… ¡Ah!

—¿Qué pasa?

—¿De dónde habéis sacado esa rama?

—De un árbol que había cerca del lugar en que encontré a estos animales.

—Es mate.

—¿Mate? ¿Y qué es eso?


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