El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Mejor para nosotros, señor Correa.

—¡Dichosa tierra, donde basta agacharse para recoger todo lo necesario para la vida! ¡Y yo que la llamaba ingrata!

García, que había oído lo que Alvaro y Díaz hablaban, se puso en cuatro saltos en el lugar donde estaban aquellas hojas, que apenas sobresalían de la tierra, y empezó a excavar el suelo con el cuchillo. No tardó en descubrir varios tubérculos del tamaño de nuestras patatas, que arrancó y llevó al fuego.

—Quítales el pellejo, échalos en la olla. El caldo será más sabroso —dijo el marinero.

Estaba hirviendo el líquido de la olla, y esparcía un olor exquisito que hubiera satisfecho aún más a nuestros náufragos si hubieran tenido un poco de sal a su disposición.

—¡Lástima que nos falte la sal! —dijo Alvaro, que seguía atentamente la marcha de la operación culinaria.

—Si tuviésemos a mano molte, podríamos sacar alguna de sus cenizas —dijo el marinero—. Pero todo no puede encontrarse en este islote, y seríamos muy descontentadizos si nos quejáramos. Tendréis que habituaros a la falta de este precioso ingrediente.

—¿Hay también árboles que proporcionan sal?


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