El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Todo lo hay en las plantas de esta tierra afortunada: vino, leche, cera, bálsamo para curar heridas, jugos de todas clases y hasta venenos terribles. Las selvas brasileñas dan de todo; hasta armas para defenderse de las fieras.

—¡Y alimento todos los días! —dijo García.

—¡Y sin gran trabajo! —añadió el marinero.

—¡Es Jauja! —dijo Alvaro sonriendo.

—Sí, para los que saben explotarla, señor Correa.

—¡Y donde se corre también el peligro de ser comido como un pollo!

—¡Cuestión de costumbre, señor! —contestó Díaz—. Entre nosotros se comen bueyes y carneros; aquí se devoran hombres. ¡Ah, diablo! ¡Bromeamos y nos olvidamos de los eimuros y de los cahetos!

—¡A la mesa! —gritó en aquel momento el grumete, separando la olla del fuego—. Mientras los indios se comen a sus semejantes, nos comeremos nosotros los tatuejos; creo que son preferibles a la carne humana.


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