El hombre de fuego
El hombre de fuego El puma había llegado a lo más alto del tronco, y de un enorme salto se lanzó entre las ramas, cayendo tan suavemente en una de ellas, que apenas hizo oscilar las hojas más cercanas.
Al verle tan cerca de ellos los monos se dieron a la fuga, tratando de encaramarse en las ramas más altas; pero el puma, que no podía subir mucho más, se apresuró a dar un segundo salto, y apoderándose del menos listo, de un zarpazo le rompió la columna vertebral y después le destrozó la garganta.
Le sujetó con una garra contra la rama para impedir que cayera al suelo, y en seguida aplicó los labios a la herida de la garganta, chupando ávidamente la sangre que salía copiosamente de ella.
—¡Ahora me toca a mí! —dijo Alvaro echándose a la cara el arcabuz y apuntando; pero en aquel momento se oyó un leve silbido y atravesó el aire una sutilísima cánula que se clavó en el costado izquierdo del puma.
Éste interrumpió bruscamente lo que estaba haciendo y miró en torno.
Al ver la cánula que tenía clavada, la despedazó con los dientes y volvió a chupar la sangre del mono como si le hubiese picado una mosca importuna.
Alvaro retiró pronto el arcabuz que tenía apuntado.