El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Una flecha! —dijo en voz levÃsima al oÃdo del grumete.
—¡Ya lo he visto, señor!
—¿Quién puede haberla disparado? De seguro, un indio.
—¡Huyamos!
—No, el hombre que la ha arrojado pudiera sentirnos, y no sabemos si está solo o si son muchos. Quedémonos aquÃ, y no nos movamos. El matorral es espeso y nadie puede advertir nuestra presencia. ¡Y yo que iba a disparar!
En aquel momento se oyó ruido de ramas que se rompÃan, al cual siguió un rugido de rabia.
El puma, que sin duda fue herido por una flecha envenenada, se habÃa derrumbado aplastando con su peso las ramas y los bejucos.
—¡No te muevas! —dijo Alvaro sujetando a GarcÃa, que, llevado de una imprudente curiosidad, iba a adelantar el cuerpo para ver mejor—. ¡Agazápate a mi lado, y no respires siquiera!
Separó con muchÃsimo cuidado el ramaje, y trató de descubrir el cuerpo del puma. Logró verle, en efecto, a unos diez metros de distancia delante de él, tendido al pie del árbol junto al mono.
—¡Veremos quién viene a recogerle! —dijo Alvaro.