El hombre de fuego

El hombre de fuego

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No habían pasado unos minutos, cuando se oyó ruido de hojas y ramas que se rompían. Una o más personas se abrían paso a través de la maleza, que formaba como una segunda selva dentro de la otra, constituida por matorrales y arbustos en vez de palmas y summameiras.

De repente salieron dos personas de entre el follaje y se dirigieron hacia el puma, que no daba señales de vida.

Alvaro se contuvo para no dejar escapar un grito de sorpresa.

En aquellos dos salvajes había reconocido al cacique de los eimuros y al chicuelo indio que le había servido de intérprete.

¿Cómo estaba allí aquel maldito antropófago? ¿Había seguido la pista de los fugitivos deseoso de vengarse de la burla de que había sido objeto, o estaba por pura casualidad dirigiendo alguna partida de caza?

—¡No te muevas, García! —dijo Alvaro—. ¡Corremos peligro de ser devorados!

—¿Quiénes son?

—¡Los eimuros!

—¿Todavía?

—¡Silencio, si aprecias la vida!

El cacique y el joven indio arrancaron al puma la punta de la flecha, y en seguida lanzó el primero un agudo silbido.


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