El hombre de fuego
El hombre de fuego Un momento después cuatro indios más, armados de cerbatanas, que hasta entonces debieron de permanecer emboscados en las cercanÃas, se aproximaron y cargaron con el puma y con el mono. El cacique dio una vuelta alrededor del árbol como si buscase más piezas que cazar; pero los monos que poco antes estaban en su copa habÃan huido, saltando de árbol en árbol.
Un momento después desaparecÃa la pequeña banda entre la maleza.
Durante algunos instantes se sintió ruido de hojas que se movÃan; después cesó todo rumor; los araes, ya tranquilos, volvieron a su monótona cantinela, y a su charla estrepitosa los papagayos.
—Por milagro hemos escapado de un gravÃsimo peligro —dijo Alvaro, que aún no habÃa recobrado el color—. Si no me hubiera detenido un poco para hacer fuego, en este instante tendrÃamos encima Dios sabe cuántos eimuros.
—¿Era positivamente el cacique?
—Le reconocà al momento.
—¿Será que nos busque o que esté dedicado a la caza?
—No me parece natural que esté cazando a tanta distancia de la aldea.
—¿Y qué vamos a hacer?