El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Por ahora, quedarnos aquí escondidos, y volvernos después a la isla. No me atrevo a embarcarme inmediatamente, porque podrían descubrirnos los eimuros.

—¡El marinero desconfiaba con razón! —dijo el grumete.

—¡Todavía no nos han apresado los salvajes! —dijo Alvaro.

—Pero volveremos con las manos vacías.

—Atravesaremos la laguna e iremos a cazar a cualquiera otra parte de la ribera. Esa laguna no puede ser un océano. ¡Calla!

Un formidable griterío que resonaba cada vez con más fuerza, acompañado por sonidos estridentes, al parecer producidos por aquella especie de flautas hechas con tibias humanas que en aquella época usaban esos terribles antropófagos, había interrumpido el silencio.

—¿Serán las tribus que están peleándose? —dijo Alvaro.

—Señor, acordaos de los cahetos que nos persiguieron cuando nos embarcamos para atravesar la laguna.

—Vamos a ver lo que sucede. Si es un combate, ninguno de los contendientes tendrá humor para cuidarse de nosotros.

Salieron de la maleza y avanzaron hacia el lugar de donde salían aquellos gritos; pero procurando cubrirse con los árboles más frondosos y con el follaje.


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