El hombre de fuego
El hombre de fuego No habrÃan andado doscientos metros, cuando vieron una extensa clara donde sólo crecÃan algunos rarÃsimos grupos de palmeras.
Alvaro no se habÃa engañado: dos tribus, ambas numerosas, estaban para acometerse.
—¡Los eimuros en combate contra una tribu enemiga! —exclamó el portugués, escondiéndose en un matorral.
Seiscientos o setecientos indios, horriblemente pintados de negro, de azul, de rojo, con cara adornada con plumas de papagayo dispuestas de manera que imitasen bigotes, barbas y cuernos, avanzaban lentamente divididos en dos columnas, volteando furiosamente mazas, cerbatanas, venablos y hachas de concha.
La batalla, que bien pronto serÃa encarnizadÃsima, porque los salvajes brasileños son todos valerosos hasta el extremo, no habÃa comenzado todavÃa.
Antes de acometerse, los brasileños tenÃan la costumbre de provocarse de lejos para animarse y enfurecerse.
Aproximábanse unos a otros con paso cadencioso, deteniéndose de cuando en cuando para oÃr las fogosas arengas de los caciques, que producÃan en ellos increÃble furor.