El hombre de fuego
El hombre de fuego Tocaban pÃfanos y flautas, extendÃan los brazos mostrando los arcos, las mazas y las cerbatanas, se insultaban lanzando espantables aullidos, y a guisa de gloriosos trofeos llevaban en la punta de las picas, armadas de espinas o guijarros aguzados, los huesos de los prisioneros que habÃan devorado.
Los eimuros eran bastante superiores en número; pero sus adversarios parecÃan mejor armados, y eran también de mayor estatura y más robustos.
—¡SerÃa un bien que se destruyesen recÃprocamente! —dijo Alvaro, que consideraba con atención aquella escena, procurando mantenerse oculto al lado de GarcÃa—. ¡Estos indios son demonios, más que criaturas humanas!
—¿Quién vencerá? —preguntó GarcÃa.
—Pronto lo sabremos —contestó Alvaro—. Batallas como estas en que se combate cuerpo a cuerpo no pueden ser largas.
Las dos tribus, que avanzaban sin orden alguno, pero en filas apretadas, cuando llegaron a cien metros una de otra comenzaron a asaetearse con los arcos y las cerbatanas.
Era un hermoso espectáculo el de tantas flechas provistas de plumas de todos colores que, heridas por los rayos del sol, reflejaban sus múltiples matices, surcando en todas direcciones el espacio.