El hombre de fuego
El hombre de fuego Los guerreros a quienes alcanzaba alguna flecha se la arrancaban de la herida, la mordían y la hacían pedazos, sin dar un paso atrás ni volver la espalda, y contestaban disparando otras contra sus contrarios, hasta que el curare, ese veneno que no perdona, causaba sus naturales efectos.
Agotadas las flechas, las dos tribus se arrojaron una contra otra con las mazas levantadas y prorrumpiendo en atronador griterío.