El hombre de fuego

El hombre de fuego

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El marinero había oído el relato sin desplegar los labios y frunciendo varias veces el ceño.

—¿Estáis seguro de que no han sido los eimuros los que se lo han llevado?

—No habrían llegado todavía a alcanzar a los fugitivos en aquel momento.

—¿Luego le han apresado los otros?

—Sí, Díaz.

—Decidme cómo eran esos indios.

—Eran de más estatura que los eimuros; tenían los cabellos negros y largos, y el color pardo azulado.

—¿Habéis reparado si tenían incisiones en los brazos y en las piernas?

—Sí, incisiones bastante profundas, a modo de antiguas cicatrices.

—¿Y plumas pegadas en los ángulos de los ojos?

—Sí.

—Pues eran indios tupys: los enemigos más formidables y encarnizados de los tupinambás. Prefiero que hayan sido ellos los que le hayan apresado, por más que en lo crueles allá se van unos y otros.

—¿Podremos encontrarle?

—Sé dónde tienen su aldea principal, y supongo que habrán llevado a García ante su gran cacique Piragibe, nombre que significa Brazo de pez.

—¿Y se lo comerán?


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