El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Un tanto tranquilizado por estas reflexiones, redobló sus esfuerzos para llegar pronto al islote.

La batalla debía de haber acabado ya, pues nada se oía. En caso de continuar, tenía que ser muy dentro de tierra y a gran distancia de la laguna.

Era casi mediodía cuando Alvaro, decaído, triste, atracaba en el islote.

El marinero, cansado quizá de esperarlos, y no creyendo que volvieran hasta la noche, dormitaba a la sombra de un árbol, con la cerbatana al alcance de la mano.

Al oír la voz de Alvaro abrió de pronto los ojos y se sentó.

—¿Solo? —exclamó palideciendo al no ver al grumete—. ¡Gran Dios! ¿Qué os ha pasado, señor Correa? ¡Tenéis demudado el semblante!

—¡Perdido! —contestó Alvaro con acento desgarrador.

—¡García!

—¡Apresado por los salvajes!

—¿Por los cahetos?

—No sé, porque había allí también eimuros; estaban peleando unos contra otros.

—¡Calmaos, señor Correa, y contádmelo todo!

Aunque desconsolado por aquella desgracia, Alvaro le puso al corriente de cuanto había sucedido.

—Decidme, Díaz: ¿lograremos salvarle? —preguntó Alvaro.


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