El hombre de fuego
El hombre de fuego Oíanse gritos por aquella parte, y se veía a los eimuros correr velozmente en la misma dirección. Parecía haberse empeñado otra batalla bajo unos altos y frondosos árboles que a lo lejos se divisaban, porque se percibía el sonido de los pífanos de guerra y el entrechocar de las armas.
—¡Pobre García! —repetía Alvaro, sin dejar de remar con todas sus fuerzas—. ¡Está perdido!
El griterío iba alejándose; no seguía la orilla de la laguna, sino hacia dentro de la selva, y parecía extinguirse rápidamente.
Seguramente, después de una tentativa de resistencia, los vencidos se habían dado de nuevo a la fuga, buscando en la espesura de la selva mejor refugio que el que podían brindarle los cañaverales de la ribera.
Alvaro se detuvo, porque consideró inútil continuar navegando en aquella dirección; era mejor volver cuanto antes al islote e informar al marinero de lo sucedido, pues era el único que podía darle algún consejo útil en aquellas circunstancias.
—No abandonaremos a ese pobre muchacho —decía Alvaro, volviendo a empuñar los remos—. Como aún ha tenido tiempo de disparar su arcabuz, le considerarán como un hombre superior, quizá le nombrarán pyaie, y no se lo comerán. Esos salvajes vencidos no serán más feroces que los eimuros.